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Democracia o Populismo Comunista

Por: Rafael Rodríguez-Jaraba
REVISTA EPOCAS #174

Colombia embriaga. Su geografía exuberante, su belleza inefable, su elocuente diversidad y la riqueza inestimable de sus recursos, son un desafió para quienes tenemos el privilegio de vivir en ella. Colombia es nuestra, pero debemos merecerla y para ello, debemos trabajar a favor de su avance, desarrollo, y sostenibilidad.

Es claro que para mantener una esperanza con able de progreso, no basta nuestro afecto y arraigo por el país. Tampoco resulta su ciente, nuestra ilusión en sus posibilidades de desarrollo. Es necesario consolidar nuestras fortalezas, modificar muchas de nuestras costumbres y participar decididamente en a anzar su perfectible democracia.

Desde hace más de dos siglos, los pensadores clásicos republicanos sentenciaron, que solamente habría progreso en aquellas naciones donde sus ciudadanos fueran libres y sus gobernantes tuvieran capacidad para asegurar una convivencia pacífica y civilizada; determinación para privilegiar la educación y el trabajo; autoridad para mantener el imperio de la justicia; pulcritud para administrar una contribución scal razonable; y, sabiduría para soñar, pensar, prospectar y planear el futuro.

Para la aplicación de estos principios rectores, el tiempo no pasa. Su necesidad es imperativa y su observancia obligante. También para construir el futuro, es requisito fortalecer el presente, y para lograrlo, es menester cambiar las prácticas que amenazan la con anza y la equidad.

Para soñar la Colombia que queremos, debemos escrutar con rigor su realidad presente, y al hacerlo, advertimos, que la virtud, lejos de reinar, como lo exigía Montesquieu, está amenazada por la infamia.

En Colombia con frecuencia, los intereses individuales se anteponen al bien general; la corrupción no cede y se mimetiza más; la justicia es frágil ante la seducción económica; las exenciones y los privilegios envilecen la economía; los abusos blindados por leyes injustas desestimulan la competencia; la recesión es resultado de la abusiva carga impositiva; la violencia la produce la precaria educación; la recesión la produce el desempleo; y, la pobreza macula los logros de la sociedad. Este panorama adverso, por ser cotidiano, se torna imperceptible, y cuando se denuncia, parece magni cado, pesimista y fatal.

Hoy la nación está seriamente amenazada con el advenimiento de un populismo solapado en las necesidades y anhelos de la población, pero que antes que atenderlas y resolverlos, las agudiza y frustra.

A lo largo de la historia, el populismo ha sido una alternativa contestataria provocada por la exclusión social y la incapacidad de los Estados para resolver las demandas de las mayorías ciudadanas. Su presencia es reacción consecuente a la incapacidad de los gobiernos para enfrentar y afrontar el origen de los problemas.

El populismo es inmanente al subdesarrollo, el que por antonomasia es la falta de educación, la ausencia de políticas de planificación demográ ca en los sectores populares, el desempleo, la corrupción y la pobreza.

Salvo contadas excepciones, los gobiernos latinoamericanos, ejercidos por partidos políticos tradicionales, antes que prospectar modelos de desarrollo sostenible, se ocuparon de perpetuar un statusquo tan sólo es bueno para aumentar los privilegios de las minorías en desmedro de las mayorías, concentrar la riqueza y masi car la pobreza.

Gobernantes apoltronados en los privilegios del poder y seducidos por el halago económico de los círculos dominantes, pronto olvidaron que la razón de ser del Estado es el progreso, y que este no es otro que la satisfacción de las necesidades de la población y el aumento de su capacidad de compra. En cambio, los electores nunca olvidan que el mandato que otorgan a sus gobernantes sólo se legitima con la atención efectiva de sus demandas y que estas no desaparecen con paliativos repentistas que sólo logran distraer temporalmente la con anza.

La corrupción y el abuso del poder nutren la inconformidad y la desesperanza y crean condiciones propicias para la irrupción de propuestas alternativas que prometen agenciar elmente los intereses populares. El auge populista evidencia la derrota de la política tradicional como instrumento de transformación y cambio, y su incapacidad para resolver los desafíos sociales y económicos que plantea el desarrollo.

Algunos círculos de la sociedad que padecen de insuperable miopía, se resisten a aceptar que las mayorías son las que legitiman la democracia y que esas mayorías las conforman los sectores más pobres y vulnerables. En respuesta a esta deliberada ceguera, la demagogia populista promete devolver ilusiones perdidas a los que nada tienen o nada esperan recibir de una sociedad excluyente en la que gradualmente aumenta la desigualdad.

Cuando el populismo llega al poder, se afinca en la gratitud que despierta el asistencialismo, las subvenciones, los subsidios, la bene cencia y la caridad que prodiga, lo que termina etando conciencias, neutralizando críticos y amistando adversarios, y con ello, promoviendo unanimismo y descalificando disensos.

De la práctica rampante de populismo demagógico da buena cuenta, la entelequia del mal llamado Socialismo del Siglo XXI que, valiéndose de dádivas logró arrendar la conciencia de muchos y construir consensos por utilitarismo y conveniencia. La carencia de una política económica sostenible y la adopción de decisiones intempestivas e irre exivas financiadas de manera irresponsable con la riqueza petrolera, terminaron develando la incapacidad y el totalitarismo mesiánico de un Coronel enajenado por el resentimiento, el revanchismo y la frustración, y de un sucesor ignorante, torpe, obtuso y mesiánico.

Al igual que Chávez, Maduro, Evo Morales, Daniel Ortega, Rafael Correa y los Kirshner aprovecharon los desafueros de los gobernantes que los antecedieron, y fungiendo de libertarios y justicialistas, promovieron en la opinión pública asentimiento y obsecuencia en favor de sus regímenes mediante la nanciación de carteles servilistas que condicionan su lealtad al recibo de caras prebendas estatales.

Tras la muerte de Chávez, Venezuela tuvo la oportunidad de revertir su destino; pero la pasión pudo más que la razón. Los venezolanos siguieron embriagados bajo los efectos del populismo, y el facilismo propio de la falta de educación, los consumió.

La riqueza del petróleo pudo haber hecho de Venezuela una de las naciones más educadas y desarrolladas del mundo; sin embargo, hoy bajo el régimen totalitario de Nicolás Maduro es una de las más caóticas y anárquicas. Es claro que en Venezuela, como en toda América Latina, la pasión vence a la razón y la ciencia pierde con la ideología.

Pero como siempre sucede, toda aventura populista llega a su fin y la sociedad desengañada termina retomando el camino de la cordura. Ojalá que la amarga experiencia venezolana, ayude a preparar verdaderos líderes y estadistas capaces de modificar su rumbo y el rumbo del hemisferio.

Entre tanto, las movilizaciones en Venezuela han aumentado la represión en Cuba. La Dictadura Castrista teme que el falso Socialismo del Siglo XXI termine sepultando al desvencijado Comunismo del Siglo XX. Que nadie se extrañe que el estruendoso fracaso de la aventura chavista termine germinado la semilla reprimida de la libertad en Cuba. Que irónico sería, que el enajenado Chávez y su sucesor, terminen siendo los libertadores de Cuba.

Ante la amenaza, de que lo que ocurre en Venezuela se repita en Colombia, es determinante poner al timón de la nación, el pulso sensible de un gobernante con talento, pulcro, capaz, creativo y audaz; apto para asumir retos, sumar voluntades, armonizar esfuerzos, concertar acuerdos y ejecutar cambios sustantivos.

Un buen gobernante que tenga formación de estadista,  prudencia, humildad y grandeza. Un gobernante que tenga solvente capacidad de gestión y una visión clara y adelantada para advertir el futuro y trazar un rumbo seguro para la nación.

Un gobernante, capaz de enfrentar las dificultades incesantes que plantea el progreso sin que ellas minen su voluntad, ni socave su persistencia. Un gobernante que jamás renuncie a su empeño de hacer de Colombia una empresa de todos, donde prevalezca la paz, el respeto, la justicia y la equidad.

A la Colombia de hoy, le conviene elegir para que ocupe su puente de mando, un gobernante con probada probidad, capacidad y talento. Que reivindique la legitimidad institucional; que escrute y priorice sus empeños en favor de lo fundamental. Un gobernante que respeta con celo la ley, que no ceje en su propósito de devolverle a la nación su seguridad democrática. Un gobernante que persiga y sitie la corrupción; que exija diligencia y acierto a sus colaboradores; que estremezca con vigor las agencias del estado para poner en movimiento el pesado carruaje burocrático; y sobre todo, un gobernante que mire lejos y con perspectiva de futuro, haciendo que la esperanza de progreso sea posible y sostenible. Colombia requiere un gobernante, que como la mayoría de los ciudadanos, crea en las posibilidades ciertas de una patria mejor.

Yo conozco ese gobernante, y sueño que logrará, que la pasión de Colombia sea el restablecimiento del respeto, el orden y la justicia; que la devoción nacional sea el cumplimiento de la ley, que el mayor orgullo del país sea la educación de sus ciudadanos, y, que la expansión económica y el progreso social sea el norte de su gobierno.

Ese gobernante se llama Iván Duque; joven y precoz estadista, poseedor de todos los merecimientos y condiciones necesarias para recti car el camino pedido y devolver a Colombia al sendero del imperio de la ley y el progreso.

Con profunda convicción cívica, jurídica y académica, votaré en la Consulta por Iván Duque; para Senado por Gabriel Velasco Ocampo; y, para Cámara por Christian Garcés Aljure.

No es momento de aventuras, es momento de elegir a los mejores y de conjurar la amenaza populista que se cierne sobre el futuro de la nación, que no es más que comunismo regresivo, puro y simple.

Salgamos a votar. Sí a la democracia; no rotundo al populismo comunista.

 


 

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