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Paul Getty III

Por: Armando Barona Mesa
REVISTA EPOCAS #176

 

Hace pocos días presentaron en el cine una película sobre el secuestro de un joven de dieciséis años en Roma. “Todo el dinero del mundo” fue su título. Bien hecho el fillm, con unos actores magníficos que de modo genuino penetraban en un drama que se vivió en el año 1973 en la ciudad de Roma y que poco a poco fue trascendiendo con sus repercusiones en diferentes países, especialmente en los Estados Unidos. Unos patanes secuestraron en una noche romana a un jovencito que ambulaba por el Trastevere o Campo di Fiore mirando prostitutas en su oferta. Su madre, una actriz divorciada de su padre, al otro día recibió una nota extorsiva por diecisiete millones de dólares. El chico, para mal de sus culpas no tenía ninguna, por cierto era el nieto de un viejo petrolero miserable que en ese momento estaba clasficado como el hombre más rico del planeta. Pero el más tacaño. Su nombre era Paul Getty. Y el muchacho llevaba el mismo nombre, que también era el de su padre, un alcohólico.

Cuando le mostraron la nota extorsiva, el viejo tacaño rezongó ante los periodistas: Tengo catorce nietos; y si pago ese rescate, los otros trece serán secuestrados. O sea que no habría pago de su parte.

Después de unos meses, la madre negoció con los sucestradores por una suma menor, mientras en Roma se pensaba que se trataba de un autosecuestro para sacarle por parte del joven un dinero al viejo. Éste, por cierto, prestó dos millones con un interés del cuatro por ciento. Y tanto Paul Getty II, como III, debían renunciar a la herencia, cosa que hicieron.

Cuando se iba a pagar el rescate, la madre dio todos los datos a la policía que hizo una operación envolvente exitosa. Mató a casi toda la banda. Pero el joven ya no estaba allí. Había sido vendido a la terrible mafia calabresa que lo tenía, y mantenía la primera oferta de los diecisiete millones. Toda la Calabria guardaba un silencio temeroso a suma a de doscientos años. Como la siciliana. Y un día, para acelerar el ya largo proceso, los raptores resolvieron cortar una oreja al muchacho que mandaron envuelta en esparadrapos y papel. Ya en ese momento, con una rebaja significativa, los malosos resolvieron entregar la mercancía. Y los Getty el dinero.

Y soltaron al muchacho en la oscuridad de la noche, en un camino turbio. Pero como la policía había desplegado su operativo, mandaron a matar al joven solitario en la noche de sombras, donde todos los personajes estaban comprometidos en el crimen. Mas como pudieron salieron de Italia.

El viejo mientras tanto, en la soledad de su amplia mansión, moría de angina de pecho tendido en la alfombra. El joven llegó con su madre y parece ser que tomaron el curso de la fortuna yacente. Hicieron el Museo Getty de Los Angeles, donde suelo ir con alguna frecuencia por visitas familiares. No hay otro en el mundo igual a ese en arte, en historia, en paisaje y en modernismo. La larga lista de los negocios de la familia se maneja sola con un ejército de personal experto en los asuntos transnacionales.

Toda esta historia la supe y la viví antes de la película. Pero no volví a saber nada de la familia Getty. Solo ahora, por puro accidente, después de la interesante cinta, me he enterado de que aquel muchacho tungo, es decir sin una oreja, se había vuelto un alcohólico y drogadicto como su padre. Se casó y tuvo dos hijos que sobreviven. Como consecuencia de la vida desenfrenada sufrió un ataque vascular que lo dejó tetrapléjico y sin la visión de un ojo. Pero fue necesario emprender acciones judiciales contra la familia para que autorizaran el pago de una suma de veinticinco mil dólares mensuales para pagar los gastos de salud.

Deshecho en una vida que debió ser mejor, Paul Getty III murió a los cincuenta y cuatro años en 2011. La inteligencia que le sobresalía no se desarrolló, porque se dijo que no tenía necesidad, como que lo adornaba todo el dinero del mundo. Mas nadie fue más pobre y miserable que él.

 

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